jueves, 3 de octubre de 2013

Alfombras



Afrémov
Sacudió las sandalias de la arena del desierto
y entró consciente en su propio otoño,
pisando un octubre crujiente y amarillo.


Afrémov

domingo, 29 de septiembre de 2013

Piñones y aceitunas

 Para C. Amores


Yo a Jordi no lo conocía, pero ese fin de año lo pasé con él. Tomamos juntos las no-uvas: él tomó piñones en Barcelona, yo aceitunas en Sevilla y lo compartimos por Skype. Ninguno de los dos teníamos previsto ese fin de año en soledad y procuramos rellenarnos mutuamente en la distancia nuestros respectivos vacíos.

Me pregunto cómo será este próximo fin de año. Como no hay dos sin tres, algo diferente me espera, salvo que lo adelante y fije un día a mi gusto para hacer esa celebración y comenzar 2014 cuando a mí me dé la gana. Ya lo hice una vez en 2011, cuando un grupo de amigos que no podíamos pasar juntos esa noche decidimos celebrarlo en la noche anterior. La nochevieja de 2012 también fue particular: se me pasaron las campanadas jugando con mi mejor amante -y mi peor pareja, puesto que durante un año no lo fue- y tomamos las uvas una hora y media más tarde, desnudos y sonrientes, disfrutando de la mitad de nuestra trama amorosa.

Cuando Jordi vino a Sevilla por mi cumpleaños, recordamos aquella noche. Nos conocíamos solo de echar partidas a Apalabrados en el móvil y por el chat comentábamos las jugadas importantes. El 31 de diciembre de 2012 entré a jugar a las 23.30. Él me respondió por el chat:

- ¿Qué haces jugando a Apalabrados en una noche como esta?

- No tengo nada mejor que hacer. ¿Y tú?

- Yo tampoco.

Su chica acababa de dejarle plantada la cena y la celebración en casa de un hermano y yo... Yo... Yo en noviembre fui a Málaga por trabajo y me quedé dos noches para poder ver a los amigos que tengo allí. El primer día, al llegar al restaurante para desayunar vi una mesa con un periódico y me senté en ella con mi café. Cuando estaba tomándolo, apareció un hombre más o menos de mi edad, de aspecto extravagante, bajito, con rostro amable, tranquilo, la raya en medio y el pelo negro liso largo hasta la mitad de la espalda.

- Señorita, perdone, pero la mesa la tenía ocupada yo.

Me disculpé y me levanté, llevándome el periódico.

- Perdone de nuevo, pero el periódico es mío.

Un poco avergonzada se lo devolví y ocupé otra mesa.

Por la noche, de vuelta al hotel, de nuevo coincidí con él en el ascensor. Íbamos a la misma planta. Cruzamos medias sonrisas. A la mañana siguiente estaba esperándome en la cafetería y me pidió que me sentara con él a desayunar en compensación por el malentendido del día anterior. No tendría que haberlo hecho, pero me resultó educado, amable y acepté. Charlamos, nos contamos nuestras respectivas ocupaciones, nos dijimos nuestros nombres y qué hacíamos allí. Se llamaba José. Era malagueño pero vivía en Almería. Era pianista y profesor en el conservatorio. Yo volvía a Sevilla esa tarde y él a Almería. Me preguntó a qué hora salía mi tren. No le di la menor importancia y se lo dije. Nos despedimos sin más. Encantada de conocerte... Igualmente...

Horas más tarde, en la estación María Zambrano, cuando entré en el vestíbulo, lo vi con un ramo de flores. En ningún momento imaginé que eran para mí hasta que no me las puso en las manos. Solo teníamos diez minutos antes de que saliera mi tren de vuelta a casa y, sin pensarlo más -qué error- intercambiamos teléfonos. Este error debería figurar en el DPMMCC (Decálogo de prohibiciones para mujeres maduras carentes de caricias, que aún no lo ha escrito nadie pero yo misma me encargaré de hacerlo).

En este momento van pasando las hojas de los días en el calendario de un noviembre gris marengo, cargado de mensajes de whatsapp, de llamadas de teléfono, de encuentros por Skype... La rareza de las horas de contacto no me pareció nunca importante, porque era compensada por esa voz de radio llamándome "nena". Y lo mismo sucedía con las interrupciones bruscas de comunicación. Fallaban tanto las conexiones... Segundo error para el catálogo DPMMCC: nunca confíes en las virtualidades. Así pasaba también diciembre, con la presión de quien desde aquella otra punta de Andalucía me requería cerca, me llamaba lastimoso para que fuera a verle. Y así lo hice.

Compramos juntos mi billete de avión para Almería mientras hablábamos por teléfono, muy temprano, para el 31 de diciembre a las 8 de la mañana. Tenía que salir de noche de casa y tenía ya avisado un taxi para las 6.15 en la esquina de mi calle. Con toda la ilusión de una novia primeriza, mi maleta estaba preparada junto a la puerta desde las 10 de la noche antes, con las tarjetas de embarque impresas encima. Todo listo. Última conversación telefónica...

- Ya no queda nada, nena.

- Nada. En unas horas nos vemos.

- Tengo que salir temprano de casa para llegar a tiempo a recogerte en el aeropuerto. ¿Por qué no me pones un whatsapp cuando estés ya en el taxi para asegurarnos de que no me he quedado dormido?

- Claro.

- ¿Se te olvidará?

- ¿Tú qué crees?

El taxi estaba a la hora convenida esperándome. Casi no pude dormir esa noche, pero no estaba cansada. Me acomodé en el asiento de atrás y cogí el móvil. Abrí el whatsapp y le puse:

- Buenos días, corazón. ¿Estás despierto? Yo ya en el taxi.

- No quiero que vengas, ni quiero saber nada más de ti.

Silencio. Desconcierto. Vista nublada. Volver a leer ese mensaje. Intentona de escritura con dedos temblorosos.

- ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? ¿Qué he hecho?

Ya no entraron. Su última hora de contacto desapareció. Su foto arriba a la derecha desapareció. Llamé por teléfono pero nadie lo cogió.

En el agujero negro en el que acababa de caer no fui capaz de recordar que estaba en un taxi camino del aeropuerto. No fui capaz de decirle al taxista "Devuélvame al lugar donde me recogió". Y así llegue a San Pablo. Bajé, pagué mi taxi y cogí mi maleta. Me senté en el vestíbulo de salidas.

Escuché mi nombre por megafonía hasta tres veces. "Sra. Guerrero, última llamada. Embarque, por favor". Solo esa tercera vez rompió el bloqueo y pude llorar ante la perplejidad del momento. Fumé varios cigarillos de camino a "Llegadas" y allí tomé otro taxi de vuelta al lugar desde donde no debí salir. No deshice la maleta. Tan solo saqué el vestido, los zapatos y los complementos que tenía pensado ponerme aquella noche y, llegada la hora, sin nada que cenar, me duché, me maquillé y me vestí, ida todavía. Puse música y velas. Me serví una copa de cava caliente y me puse a jugar a Apalabrados hasta que contacté con Jordi. Pasamos la noche por Skype contándonos nuestras desgracias amorosas de ese día y compartiendo emociones desdichadas hasta que amaneció.

Durante esas horas los flashes de recuerdos me cegaban la mente y entre ellos apareció uno sobre un vecino de José. Era un rescatador de Salvamento Marítimo. Me vino a la cabeza su nombre, no sé cómo, y también el de una amiga que tuvo una vez un hijo allí, en ese mismo puesto. La llamé cuando fue hora prudente y le conté lo sucedido. 

- Voy a llamar a mi hijo y te devuelvo la llamada en cuanto sepa algo.

A las dos horas ya sabíamos algo. No era pianista, ni profesor del conservatorio. Era psiquiatra expulsado del Colegio de Médicos, casado con una enfermera (esos horarios extraños de conexión tomaban ahora sentido...) y con un hijo adolescente. ¿Cómo no se me ocurrió hacer esa llamada antes? Primera recomendación del CRMMCC (Catálogo de recomendaciones para mujeres maduras carentes de caricias, tampoco escrito aún, pero igualmente propósito para mí): confiar solo en hombres conocidos y con referencias.

Y así terminó esta historia de amor, entre piñones y aceitunas, con el propósito de solo confiar en personas ya contrastadas con amigos comunes, aunque el tiempo me ha enseñado que tampoco eso es garantía. Así sucedió con mi siguiente herida, pero esa aún no está cicatrizada y no es momento de contarla. Quizás pase escribiéndola el próximo fin de año.