lunes, 22 de octubre de 2012

Munda mortis


 La guía de turismo de cementerios, que está en su buzón, marca una página con la invitación a un banquete funerario y su foto, ya difunta.

 Mientras terminaba de quemarse el cuerpo de Adán, Eva miraba a sus dos únicos hijos, varones, con honda preocupación y múltiples dudas.

 El hijo de Paz, incómoda, insiste en llevar a la boda las cenizas de papá. Se lo había jurado, pero es que él solo es el padrino de su madre

 Se me ha olvidado el día de tu muerte, el mes, el año, ¿91?, no he ido a verte nunca: no sé honrar a mis muertos, solo sé echarte de menos.

 Nadie supo nunca precipitarse mejor: ni al tirarse, ni al hacerlo antes de tiempo, ni en la forma de lluvia.

 Cuando las dos grandes guerras terminaron, dejaron el mundo con olor a sangre. La tercera huele ya antes de empezar.

En su agenda falta el mes de noviembre, en el calendario también, y en el móvil. Es 31 de octubre, 11.45 pm y está sentado esperando, tenso.

 Otra vez tambores, penachos de plumas, estandartes, caballos, uniformes, nubes de humo purificador, marchas militares... Y no es la guerra.

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