miércoles, 12 de septiembre de 2012

La fuerza centrífuga y los ejes cartesianos


Los ejes cartesianos se cierran y en sus cuadraturas no entra la vida. Sus cajas taxonómicas limitan y terminan por llevar a quien se queda dentro a la agnosia del vértigo de las formas espirales. Y por eso es tan simple... Por eso no es solo cuerpo, por eso no es solo locura, es equilibrio. El mismo que hay en su bondad, desconocida para él, odiada por él; en su responsabilidad, tanta y por tantos flancos; en su contención, que mide hasta la fuerza con que me clava las uñas; en su tono de voz, nunca elevado ni en los momentos más merecedores; en su sonrisa tímida, que a veces deja ver al Mr. Hyde al que solo permite asomarse por la cortina lateral un microsegundo y lo devuelve a bastidores; en su forma de llamar princesa a su hija (el hombre que no quiere a sus hijos nunca podrá querer a nadie).  Ya no me aparta la mirada, la dirige de frente, y me ve, y me deja mirarle a los ojos. A veces desconecta y se va hacia otros mundos, dejándome al cuidado del desayuno. Me gusta cuando se pierde, se va y vuelve al rato, sin haberse movido del punto donde estaba. Nunca sé adónde va, pero siempre sé, cuando vuelve, si el sitio donde estuvo era bueno o no. Y no me importa: si es bueno, disfruto de su humor; si es malo, procuro traerlo a mi paraíso, para que me regale a cambio los hoyuelos que se le forman cuando se ríe, muchas veces. Lo conozco, más de lo que piensa, y me conoce, más de lo que piensa. Frunce el entrecejo concentrado cuando le gusta algo que está comiendo, ladea la cabeza hacia la izquierda cuando camina, y eso también me gusta, tanto como su forma de sorprenderme, queriendo o sin querer, poniéndome siempre al borde de la ruptura de mis ejes cartesianos, con una fuerza que necesito, una fuerza centrífuga.

No hay comentarios:

Publicar un comentario