Blanca, Nívea y Áurea eran madre e hijas y hermanas entre sí las dos últimas. Sus vidas, largas vidas, no habían sido fáciles. Vivir la eternidad nunca es fácil. Sus vidas eternas de brujas no se dejan ver. No se sabe cómo, pero Blanca desde pequeña fue introducida en las artes oscuras sin darse cuenta y así enseñó a sus hijas, con un instinto natural que no les permitía entender por qué hacían lo que hacían, por qué sentían en la oscuridad del bosque bañándose de luna, por qué notaban el fuego corriendo en las venas. Pero la hoguera no acabó con ellas. Aquella persona que recogió sus cadáveres calcinados participaba de la luz negra y las entregó a su Supremo Oculto a cambio de encontrar el descanso eterno, a cambio de intercambiarse por tres nuevas vidas inmortales a su servicio.
Su modo de continuar en el vértigo de la eternidad fue el de pasar desapercibidas, el de alejarse físicamente entre sí y permanecer en sintonía a través de sus parejas para no ser descubiertas. Pero ser eternamente jóvenes pasaba una factura muy cara. Sus hombres no debían notar que ellas no envejecían y eso únicamente podría suceder con la muerte. A veces se enamoraron las tres, a veces sólo dos, a veces ninguna. En esta última ocasión sólo las dos hermanas estaban enamoradas y así la muerte de sus parejas les resultó insoportable.
Había llegado el día, el día de Navidad, que valga la paradoja, iba a ser de muerte, no de nacimiento. Sus vidas marineras estaban a punto de llegar al exterminio. Habían pasado vidas campesinas, vidas profesionales, vidas adineradas, vidas de años veinte, vidas de siglo XIX, vidas inteligentes y vidas de frustración, de vicio y de santidad… pero la vida con marineros sería la última que las llevaría a ahogarse también entre ellas.
Un marinero, un capitán y un operador de telecomunicaciones eran compañeros de trabajo y cuñados y yernos sin saberlo. Nunca habían sentido interés por los submarinos pero de repente notaron la llamada del fondo del mar. Y allí estaban. En plena Navidad, un submarino en el abismo de un océano desconocido, una tripulación tranquila a sus quehaceres, marineros soñadores que escriben cartas a sus novias, a sus madres, a sus esposas… Uno de ellos, el marinero raso, escribía a Nívea una de sus historias, delante de su foto. A ella le gusta escuchar sus historias sentados en el suelo, delante de la chimenea en las tardes oscuras de Navidad mientras las luces del árbol compiten con las chispas del fuego. Echa de menos su hogar cálido de lunes matizadas, de espesas cortinas y mullidos almohadones, de alfombras esponjosas… de su verde y húmeda tierra tan distinta al azul marino. Nívea en ese momento adorna con esas estrellas luminosas el árbol, melancólica… su primera Navidad sin él desde que estaban juntos y la última para ese buen hombre, enamorado, ignorante, el padre de su pequeño, vestido de marinero esa noche también. Los mecánicos en la sala de máquinas, el cocinero en la cocina, en la cabina de telecomunicaciones… trabajaban dentro de aquella cápsula oscura, de cocinas oscuras, de camarotes oscuros, de mortecinos pasillos de acero. Todo tranquilo. Todos cantan serios esa canción de Navidad. Y el capitán sueña con su bruja, la siente viva en su memoria seleccionando sus perlas favoritas para otra Nochebuena, tras haber sobrevivido al fuego de las hogueras hacía siglos. Cartas y fotos. De ida y de vuelta. Todos juntos brindan con cerveza mientras se lamenta un portuario acordeón de taberna que deja caer sus notas sobre las rayas azules y blancas de las camisetas de los grumetes. Y el vientre de la ballena topó con los suelos abisales. El submarino se quebró y por mucho que la tripulación corrió a sus puestos la profundidad era mucha, el agua era mucha y los pulmones escasos y fácilmente inundables. Ese momento de entretenimiento les iba a costar la vida. Las tres brujas ante el espejo emiten sus ondas de peligro, sus órdenes letales. Soplan sus velas, lamentan no poder hacer algo por ellos y cumplen sus destinos de comenzar una nueva vida.
Pero esta vez las lágrimas de las chicas son más y el temor de la madre es mayor. Se reunieron en un punto y casi ni se miraron a los ojos para no mostrarse el reproche de rabia. Blanca seleccionó tres nuevos destinos para seguir vivas, tres nuevas vidas y tres nuevos objetivos, tres nuevas víctimas. Y ese fue el momento en que se resquebrajó la sintonía entre las hijas y su madre. Nívea necesitaba sus historias, pero no otras historias de otros labios, sino las de aquel marinero ahogado. Áurea necesitaba aquella frase, la que le enviaba en MORSE el operador de telecomunicaciones cada vez que pasaba cerca del faro, ese “te amo” en pitidos largos y cortos que le taladraba la cabeza desde aquella noche…
Su modo de continuar en el vértigo de la eternidad fue el de pasar desapercibidas, el de alejarse físicamente entre sí y permanecer en sintonía a través de sus parejas para no ser descubiertas. Pero ser eternamente jóvenes pasaba una factura muy cara. Sus hombres no debían notar que ellas no envejecían y eso únicamente podría suceder con la muerte. A veces se enamoraron las tres, a veces sólo dos, a veces ninguna. En esta última ocasión sólo las dos hermanas estaban enamoradas y así la muerte de sus parejas les resultó insoportable.
Había llegado el día, el día de Navidad, que valga la paradoja, iba a ser de muerte, no de nacimiento. Sus vidas marineras estaban a punto de llegar al exterminio. Habían pasado vidas campesinas, vidas profesionales, vidas adineradas, vidas de años veinte, vidas de siglo XIX, vidas inteligentes y vidas de frustración, de vicio y de santidad… pero la vida con marineros sería la última que las llevaría a ahogarse también entre ellas.
Un marinero, un capitán y un operador de telecomunicaciones eran compañeros de trabajo y cuñados y yernos sin saberlo. Nunca habían sentido interés por los submarinos pero de repente notaron la llamada del fondo del mar. Y allí estaban. En plena Navidad, un submarino en el abismo de un océano desconocido, una tripulación tranquila a sus quehaceres, marineros soñadores que escriben cartas a sus novias, a sus madres, a sus esposas… Uno de ellos, el marinero raso, escribía a Nívea una de sus historias, delante de su foto. A ella le gusta escuchar sus historias sentados en el suelo, delante de la chimenea en las tardes oscuras de Navidad mientras las luces del árbol compiten con las chispas del fuego. Echa de menos su hogar cálido de lunes matizadas, de espesas cortinas y mullidos almohadones, de alfombras esponjosas… de su verde y húmeda tierra tan distinta al azul marino. Nívea en ese momento adorna con esas estrellas luminosas el árbol, melancólica… su primera Navidad sin él desde que estaban juntos y la última para ese buen hombre, enamorado, ignorante, el padre de su pequeño, vestido de marinero esa noche también. Los mecánicos en la sala de máquinas, el cocinero en la cocina, en la cabina de telecomunicaciones… trabajaban dentro de aquella cápsula oscura, de cocinas oscuras, de camarotes oscuros, de mortecinos pasillos de acero. Todo tranquilo. Todos cantan serios esa canción de Navidad. Y el capitán sueña con su bruja, la siente viva en su memoria seleccionando sus perlas favoritas para otra Nochebuena, tras haber sobrevivido al fuego de las hogueras hacía siglos. Cartas y fotos. De ida y de vuelta. Todos juntos brindan con cerveza mientras se lamenta un portuario acordeón de taberna que deja caer sus notas sobre las rayas azules y blancas de las camisetas de los grumetes. Y el vientre de la ballena topó con los suelos abisales. El submarino se quebró y por mucho que la tripulación corrió a sus puestos la profundidad era mucha, el agua era mucha y los pulmones escasos y fácilmente inundables. Ese momento de entretenimiento les iba a costar la vida. Las tres brujas ante el espejo emiten sus ondas de peligro, sus órdenes letales. Soplan sus velas, lamentan no poder hacer algo por ellos y cumplen sus destinos de comenzar una nueva vida.
Pero esta vez las lágrimas de las chicas son más y el temor de la madre es mayor. Se reunieron en un punto y casi ni se miraron a los ojos para no mostrarse el reproche de rabia. Blanca seleccionó tres nuevos destinos para seguir vivas, tres nuevas vidas y tres nuevos objetivos, tres nuevas víctimas. Y ese fue el momento en que se resquebrajó la sintonía entre las hijas y su madre. Nívea necesitaba sus historias, pero no otras historias de otros labios, sino las de aquel marinero ahogado. Áurea necesitaba aquella frase, la que le enviaba en MORSE el operador de telecomunicaciones cada vez que pasaba cerca del faro, ese “te amo” en pitidos largos y cortos que le taladraba la cabeza desde aquella noche…
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La necesidad de morir se equilibraba en ellas con la necesidad de matar, de matar a esa mujer que no las dejaba vivir a pesar de no poder morir. Ese fue el comienzo de una lucha de ataques y de defensas que duró un milenio hasta que una de las tres murió. O eso pareció.
Cuento, relato madre para narrativa radial transmedia
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