
Y ese fue el motivo por el que quise desaparecer, pero no es importante. En realidad los motivos de los demás son insignificantes porque no hay ninguno tan grande como el motivo propio.
Mi madre me dejaba jugar con ellos cuando era niña y, cuando crecí, incluso me dejó usarlos en varias ocasiones. Sus pendientes de ámbar eran un microcosmos de hermosura que me hipnotizaba. Pasé vidas mirando esas piedras, no muy grandes, a veces al sol, a veces a la sombra, a veces en lo oscuro... Y cada vez tenían un sabor diferente: al sol a caramelo con limón, a la sombra con canela, en lo oscuro con clavo. Solo de mayor entendí que lo que me fascinaba era el instante de vida que llevaban dentro: esos dos seres, casi gemelos, petrificados, sin rastros de dolor, intactos en sus figuras, sin ningún barroquismo retorcido de sufrimiento.
Así que no lo pensé y, cuando tuve que elegir un modo de desaparecer, no encontré otro mejor. Anduve tiempo buscando un lugar apropiado y encontré el bosque de Magasorhys, que me gustó. Ahorré lo suficiente para viajar y establecerme. Paseé por el bosque muchas veces hasta que lo encontré. Y el resto fue fácil. Me hice con grandes cantidades de azúcar moreno, canela, miel y limón. Estos tres últimos ingredientes no eran necesarios, pero yo quería fundirme con esos colores, los de mis ojos y los de mi madre (y también los de alguna otra cara olvidable, que no conseguí olvidar). Como no era un lugar transitado, fui llevando artilugios de gran tamaño y acumulando leña junto al árbol. Y una noche tranquila, con una honda paz por dentro y por fuera, hice un caramelo a fuego lento como para alimentar a un regimiento. Cuando la olla de caramelo estuvo lista, me bañé en ella desnuda y, arropada por esa ola tibia, me pegué al tronco de la araucaria que elegí, como una gran gota de resina.
El resto ha sido cuestión de tiempo. A mí me gustaría terminar atomizada, adornando los cuellos de las ninfas (que existen, las veo por aquí cada día), pero el hombre, que todo lo muta, todo lo cambia de sitio y todo lo pudre con su cultura, puede que me encuentre con el tiempo y exhiba esta piedra preciosa ambarina de origen humanovegetal como un trofeo de la naturaleza.
De todas formas, si alguna vez me ven en un museo, sepan que no he sufrido y que estoy así por mi gusto, precisamente por eso, por dejar de sufrir.
Mi madre me dejaba jugar con ellos cuando era niña y, cuando crecí, incluso me dejó usarlos en varias ocasiones. Sus pendientes de ámbar eran un microcosmos de hermosura que me hipnotizaba. Pasé vidas mirando esas piedras, no muy grandes, a veces al sol, a veces a la sombra, a veces en lo oscuro... Y cada vez tenían un sabor diferente: al sol a caramelo con limón, a la sombra con canela, en lo oscuro con clavo. Solo de mayor entendí que lo que me fascinaba era el instante de vida que llevaban dentro: esos dos seres, casi gemelos, petrificados, sin rastros de dolor, intactos en sus figuras, sin ningún barroquismo retorcido de sufrimiento.
Así que no lo pensé y, cuando tuve que elegir un modo de desaparecer, no encontré otro mejor. Anduve tiempo buscando un lugar apropiado y encontré el bosque de Magasorhys, que me gustó. Ahorré lo suficiente para viajar y establecerme. Paseé por el bosque muchas veces hasta que lo encontré. Y el resto fue fácil. Me hice con grandes cantidades de azúcar moreno, canela, miel y limón. Estos tres últimos ingredientes no eran necesarios, pero yo quería fundirme con esos colores, los de mis ojos y los de mi madre (y también los de alguna otra cara olvidable, que no conseguí olvidar). Como no era un lugar transitado, fui llevando artilugios de gran tamaño y acumulando leña junto al árbol. Y una noche tranquila, con una honda paz por dentro y por fuera, hice un caramelo a fuego lento como para alimentar a un regimiento. Cuando la olla de caramelo estuvo lista, me bañé en ella desnuda y, arropada por esa ola tibia, me pegué al tronco de la araucaria que elegí, como una gran gota de resina.
El resto ha sido cuestión de tiempo. A mí me gustaría terminar atomizada, adornando los cuellos de las ninfas (que existen, las veo por aquí cada día), pero el hombre, que todo lo muta, todo lo cambia de sitio y todo lo pudre con su cultura, puede que me encuentre con el tiempo y exhiba esta piedra preciosa ambarina de origen humanovegetal como un trofeo de la naturaleza.
De todas formas, si alguna vez me ven en un museo, sepan que no he sufrido y que estoy así por mi gusto, precisamente por eso, por dejar de sufrir.
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