miércoles, 21 de marzo de 2012

¿Quién ora pro nobis?

A @Conquinceletras

Hoy es titular de la prensa local. El pueblo de Sábrigo muestra un censo vacío de matrimonios en los últimos cinco años. Los periodistas especulan con el tema de la crisis económica como motivo de tan extraño hecho. Ni civiles ni religiosos, ni públicos ni ocultos, los enlaces matrimoniales convertirán al pueblo en el territorio de los solteros voluntarios de por vida. La alarma del alcalde se explicita en el artículo: sin tasa de natalidad, la vida de esta localidad será la del último niño nacido, que ahora tiene ocho años. Los ecologistas lo achacan a la nueva planta de residuos nucleares que desde hace una década funciona a cincuenta kilómetros y que puede haber inhibido a los jóvenes.

Los hombres mundanos no ven más allá de su propia ignorancia y no son capaces de percibir el halo de magia que nos rodea. Pero son inocentes. No se pueden conocer los secretos bien guardados y Sor Gabriela tenía uno. María era monja por vocación, aunque alguna vez tuvo su sueño de juventud, como toda niña de buena familia, el sueño de ser artista. Su cuerpecito frágil la trajo de vuelta, tras el noviciado, de las misiones africanas de nuevo a su tierra, y su esmerada delicadeza con la aguja la convirtió en poco tiempo en la bordadora de los ajuares de las niñas del pueblo.

Al ritmo de las blancas puntadas precisas sobre blancos manteles de algodón entonaba sus rezos por el trabajo que alimentara a la futura familia, sobre las toallas blancas de rizo mullido los de protección del cuerpo y la salud de la pareja y sus hijos, sobre las sábanas blancas los del amor sincero y tierno, sobre la lencería de la novia los de la dignidad de la mujer feliz.

Las novicias la acompañaban en sus tardes de costura, hasta que dejaron de llegar novicias y se sentaba sola frente a un espejo:

- Madre, deje de coser y despídase de su amiga hasta mañana.

- No es mi amiga, hermana. No me gusta que use el mismo hábito que yo, pero me acompaña en los rezos y borda bien.


Cuando ella faltó, cuando sus dedos arrugados dejaron de hilvanar hilos vírgenes para bordar las iniciales de los novios, las chicas y sus madres y sus suegras y sus cuñadas y sus amigas empezaron a bajar a la capital, al centro comercial a comprar en las dos grandes tiendas de enseres del hogar. Pero, claro, las costureras de Zara Home no conocen estas oraciones.


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