Desnuda, pestilente, con una birra por el gollete brindó dos veces: una
por cómo había desperdiciado su vida, dos por que seguirá haciéndolo
Tumulto y confusión al pasar el billete de metro. Se cuela un negro con
su hatillo. Miradas cómplices al llegar el policía. Silbas al cielo.
Rondaba los 45 y leía la prensa mientras el limpiabotas hacía su faena,
pero no era la calle Mayor ni le esperaba ninguna niña avergonzada.
Dos monedas, para el músico callejero pálido que arrancaba gemidos
dulces con las yemas de sus dedos a los círculos invisibles de las
copas.
No se entiende lo que dice. Y hubiera sido importante por saber lo que
pensaba el viejo de guantes y abrigo en mitad de la noche de agosto.
Y ahí sigue, con la cara llena de ronchas y la barba vomitada. Insiste
en denunciar al panadero por tirar al contenedor pasteles caducados.
Duerme al sol en la acera de la puerta del museo. Se despierta a las 12.
Pone un cartel mugriento a sus pies y comienza su jornada laboral.
Vaya, mi banco está ocupado. Eso me pasa por trasnochar entre los cubos
del Palace. Te lo cedo hoy, princesa de los zapatos rojos. Duerme.
Estatuas vivientes, limpiabotas, mariachis en las plazas, tenores en el
metro, masajistas callejeros, un mechero y un poema: Madrid a veces.
Olía a perros muertos; se notaba en la cara de los bomberos. Toby pesaba
demasiado para tres pisos sin ascensor y en la nevera estaría bien.

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