sábado, 22 de septiembre de 2012

Solo los imbéciles

Solo los imbéciles sufren por el sufrimiento ajeno, postergando el suyo propio. Y a eso únicamente puede dársele una solución: o desaparecen ellos o desaparezco yo. Yo no puedo desaparecer, aunque quiero, tendrán que desaparecer ellos. ¿Quién alivia mi deseo de inexistencia?  No tengas hijos, no tengas hermanos, no tengas amigos, no tengas no-amores. La vida en el vacío no será vida, pero será tranquila. Muérete pronto, no le des tiempo al reloj, que se joda en su constancia y en su progresión indisoluble. Siempre quedan ganas de la lejanía, del desconocimiento, de empezar de nuevo, pero nunca se puede. Nunca es la palabra que lo llena todo. Y ¿cuál es la forma menos dolorosa? Cobarde hasta el final, que al menos no me duela. Yo no elegí estar aquí. Pero cuando se tienen ganas de mandar todo a la nada es mucho más fácil irte a la nada tú, así, sin  mirar el teclado y vomitando letras, mirando ese techo tan mal pintado, escupiéndote tú, como te escupió ese idiota el otro día en la parada del bus por no darle un cigarrillo, como te llamó puta de mierda la otra gilipollas por no darle 20 céntimos para una cerveza, como te llamas a ti misma estúpida por no darte a valer, por eso y por aquellos que te hacen sentir el vacío. Nada merece la pena, ni la alegría... Si al menos creyera en algo... Qué pena no morir y conocer el negro absoluto, tan elegante, tan rotundo, tan nada... tan iros al carajo todos.

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